PARAÍSO PAVIMENTADO
Troncones no se hizo en un día—y muchos extrañan cómo era antes—aunque el lodo y el polvo mandaron en los caminos hasta hace unos 14 años
Pregunta por Troncones y alguien te dirá que pavimentaron el paraíso. Seguramente también le atribuirá la frase a Jimmy Buffett, lo cual dice mucho de la playlist local. La frase es de Joni Mitchell, y la premisa merece el mismo escrutinio que la autoría. El paraíso en cuestión era un camino de terracería que en cada temporada de lluvias se volvía sopa y en cada temporada de secas, una nube de polvo asfixiante. Si pavimentarlo arruinó Troncones o lo salvó depende casi por completo de cuándo llegaste. Y tampoco pasó de golpe: fueron nueve fases a lo largo de más de veinticinco años, cada una con sus desastres, sus negociaciones y sus pequeñas victorias. Así fue.


FASE UNO
La Fase Uno es anterior a mí. Hace más de veinticinco años pavimentaron el camino desde la carretera 200 hasta Troncones. Terminaba en la T, donde empieza el camino de la playa, y de ahí se escurría unos cien metros hacia cada lado, como si se hubiera quedado sin valor. Ese es el asfalto más viejo del pueblo. Podría decirse que todo lo demás empezó ahí. Cuando ya se puede llegar a un lugar sin dejar el mofle en el camino, la gente empieza a ir.
FASE DOS
La Fase Dos fue de la T hacia el sur, hasta el estero, el de los cocodrilos. En ese entonces no había puente, así que el camino simplemente terminaba en el agua, lo cual, visto en retrospectiva, fue un presagio. Hay como un kilómetro hasta el estero y esa era la unidad de avance: el gobierno municipal aprobaba el camino de uno o dos kilómetros a la vez, y cada tramo se pavimentaba cuando le tocaba su turno.

La primera cuadrilla iba en serio. Excavaron hasta topar con roca firme, que cerca de la laguna significaba casi dos metros de profundidad. Rellenaron con rocas grandes, luego rocas más chicas, luego grava, luego tierra compactada varias veces, y después pavimentaron. Fue un trabajo realmente bueno. Ese tramo nunca le ha dado problemas a nadie. El problema fue el calendario. Los trabajos empezaron a principios de septiembre de 2012, que en esta costa no es el comienzo de la temporada de lluvias sino su punto máximo, y duraron hasta diciembre. Era temporada baja, pero los trabajadores igual tenían que entrar, y un par de almas valientes vivían ahí todo el año. Las lluvias, que ya estaban a todo lo que daban, hicieron lo que hacen cada septiembre. La zanja se llenó. Cerca de la laguna llegó a tener unos dos metros de agua, el lodo llegaba a la rodilla en varios puntos y más de la mitad del tramo quedó intransitable. Intentaron bombear el agua. La lluvia no estuvo de acuerdo. Durante meses, la gente llegaba a sus casas por una vereda angosta al borde de la excavación, donde un mal paso te dejaba en dos metros de agua café. Algunos no se lo tomaron con mucha gracia.

La Fase Dos también trajo el primer encuentro formal entre la asociación de propietarios y los ingenieros. Cuando el camino era de terracería, los vecinos se habían encargado de construir camellones por en medio y sembrarles palmas y arbustos con flores. Cuando llegó el pavimento, los dueños no tenían la menor intención de perderlos. Hubo negociaciones. Ganaron los propietarios, aunque se perdieron algunos camellones donde el camino era demasiado angosto. Pero la mayoría sobrevivió y ahí siguen. Ese tramo ha sido lo mejor del camino desde entonces, lo cual demuestra que la participación ciudadana funciona o que los ingenieros ya estaban muy cansados.
FASE TRES
La Fase Tres fue de la T hacia el norte, rumbo a la Bahía Manzanillo, unos tres kilómetros, en 2014. La cuadrilla fue menos devota del inframundo que la primera. Excavaron y armaron una base, pero nadie se puso a buscar roca firme. Eso sí, no había un estero que cruzar, y el lado norte casi siempre cooperó.
Casi. Un canal de escurrimiento baja de las montañas cerca de lo que hoy es Mi Jardín, así que tuvieron que construir un puente. Fue la parte más grande de la obra en esa fase y el mayor retraso, y por un tiempo desviaron el tráfico por un camino abierto a machetazos en la selva, que le dio a todos un breve y brincoso recordatorio de cómo eran las cosas antes. El puente también hizo algo que nadie puso en una manta: drenó el pantano que antes estaba ahí. Más adelante, la loma les dio problemas. El agua subterránea volvió partes de ella algo muy parecido a arenas movedizas. Ya volveremos a esa loma. El pavimento terminó más o menos en la Bahía Manzanillo, tres kilómetros sin catástrofes de verdad, lo cual, para los estándares de Troncones, es un triunfo.
Los camellones también sobrevivieron esta ronda. La paciencia que les quedaba a los ingenieros, la seguían gastando en las palmeras.

FASE CUATRO
La Fase Cuatro llegó alrededor de 2015 y fue de la Bahía Manzanillo a Majahua. Fue ambiciosa. Ese tramo cruzaba un pantano grande y, como camino de terracería, era blando y muchas veces intransitable en tiempo de lluvias. Esta vez nadie consultó a nadie sobre los camellones. Las cuadrillas los arrancaron sin decir palabra y el camino quedó derecho. Ese fue el fin de la era de los camellones. Los ingenieros ya no aceptaban juntas.
También fue el tramo peor construido de todos. Donde la primera cuadrilla había excavado hasta la roca, esta solo niveló la superficie, la compactó y le echó un par de pulgadas de asfalto encima de lo que básicamente era una esponja mojada. Ese camino duró unos dos años. Luego el pavimento se disolvió de vuelta en el pantano sobre el que lo habían tendido, y hubo que rehacer todo. Terminaba justo antes de la desviación a Majahua, antes de que se construyeran los condominios de Punta Majahua.
FASE CINCO
La Fase Cinco iba a correr en Troncones desde el camino principal hasta la clínica. Era un plan sensato: mejor acceso a la clínica y al panteón, y el fin del arroyo y del lodo que hacían el trayecto más difícil de lo debido para quien estuviera enfermo, o ya más allá de que le importara. Los ingenieros llegaron y encontraron una casa. No junto al camino. Encima. La terracería llevaba años rodeándola con un ángulo incómodo, pero la casa estaba justo donde iba a ir el pavimento. Ante eso, quien estuviera a cargo decidió que la solución más sencilla era no hacer camino alguno.
El comisario de entonces tenía otras ideas. Con una negociación rápida, los convenció de pavimentar en la dirección contraria, del camino principal hacia el norte, hasta la iglesia, un tramo que abrió en 2017. Así que la clínica se quedó con su lodo, la iglesia recibió su asfalto y la casa siguió exactamente donde estaba. En algún lugar de ahí hay un sermón sobre prioridades, pero se lo dejo a la iglesia.

FASE SEIS
Después de 2017, el camino a la clínica parecía terminado en el sentido permanente. La casa seguía en medio y el proyecto, supuestamente una prioridad, dormía en un cajón. Entonces la comunidad hizo lo que los gobiernos rara vez logran: resolvió el problema. Una colecta tipo GoFundMe juntó dinero para ayudar a la dueña a reconstruir la casa en su propio terreno, donde seguramente debió haber estado desde siempre. La casa vieja se vino abajo y el camino quedó libre.

Seis años después, en 2023, volvieron las cuadrillas. Yo tenía un interés personal en este tramo, porque pasa frente a mi casa, y los vi llegar con la esperanza cautelosa de alguien que lleva aquí lo suficiente para saber que no hay que confiarse. Pavimentaron menos de un kilómetro y pararon. Sin explicación. Nunca se acercaron al arroyo ni a la clínica. El concreto simplemente termina más o menos a la mitad y vuelve a ser terracería, y quien va a la clínica desde ese lado todavía tiene que pasar por el bache de lodo y el arroyo, como siempre. Así que el proyecto que buscaba mejorar el acceso a la clínica mejoró el acceso a la puerta de mi casa. Me gustaría decir que estoy indignado en nombre de la comunidad. Estoy trabajando en ello.

FASE SIETE
Mientras tanto, en 2020, el extremo sur tuvo su secuela. Durante años el pavimento se detuvo en la laguna de los cocodrilos, que era el fin de la línea en más de un sentido. Más allá, una terracería que apenas calificaba como camino seguía hacia el sur, y la única manera de llegar era rodear por la playa, y solo cuando la laguna estaba cerrada al mar. En aquellos días, cuando la laguna se abría al océano, el extremo sur simplemente dejaba de existir. Alrededor de 2020 por fin pusieron un puente sobre la laguna, que unió el pavimento con la terracería del otro lado. Luego, en agosto de 2021, el asfalto avanzó otro kilómetro más o menos hacia el sur, entre acantilados, playa y selva donde casi nadie vivía. Llegó con banquetas incluidas desde el principio, una cortesía que al resto del camino de la playa nunca le habían ofrecido. ¿Por qué pavimentar un camino a casi ninguna parte, y con tanto esmero? Se rumoraba que un político había comprado terreno por allá. No podría opinar. Los cocodrilos, por su parte, ahora ven pasar el tráfico desde abajo.

FASE OCHO
Ese mismo año, sin aviso que nadie notara, llegaron las banquetas. Se fueron construyendo en varios tramos a lo largo de 2021. El primer camino que sale de la playa, el de la iglesia, ya tenía banquetas desde que lo pavimentaron, pero el camino de la playa nunca las había tenido. De pronto iba a tenerlas. Aparecieron las cuadrillas, y también el alboroto de siempre por las servidumbres de paso. En buena parte del camino simplemente no había espacio, con bardas y construcciones pegadas al pavimento. La solución de los ingenieros fue una banqueta que cruza el camino cada vez que se le acaba el espacio y luego sigue del otro lado. Va desde la laguna de los cocodrilos hacia el norte, casi hasta Mi Jardín, donde se acaba.

El centro del pueblo se suponía que sería la parte imposible. Con edificios pegados a la orilla del camino, la mayoría pensó que una banqueta por el centro nunca se haría o exigiría demoler media cuadra. Fue un proyecto de «caiga quien caiga»: la banqueta iba a pasar por donde estuviera tu construcción. De alguna manera lograron meter banquetas a ambos lados del camino por el pueblo, rumbo al este. Con todo y el escepticismo, funcionó. Por primera vez la gente puede caminar por el pueblo y por el camino de la playa sin compartir carril con una camioneta a toda velocidad, que quizá sea lo más silenciosamente civilizado que nos ha dado el camino.
FASE NUEVE
El último acto fue el que nadie creía. El camino por Majahua era sinuoso, angosto y apretado, un tramo que parecía no tener un centímetro de sobra, incluso en terracería. Entonces a alguien se le ocurrió pavimentarlo, y con banquetas, nada menos. En 2024 sucedió. Usaron concreto, colado por secciones, y cada sección tenía que fraguar antes de colar la siguiente, así que durante unos seis meses no se podía pasar por Majahua. Valió la pena la espera. El trabajo es excelente, el camino se ve muy bien y Majahua está mejor por ello.
Hay una curiosidad. Entre donde termina el asfalto del camino de la playa y donde empieza el concreto de Majahua hay como cien metros de terracería y baches, justo en la desviación a Punta Majahua. Cómo se formó ese hueco, y por qué sigue ahí, es otra historia. Quizá algún día alguien la cuente.
EL VEREDICTO
Tengo una teoría sobre Troncones. Todos quieren que se quede exactamente como estaba el día que lo encontraron. Si llegaste cuando era terracería, debió haberse quedado de terracería. Si llegaste cuando estaba medio pavimentado, ese era el equilibrio perfecto. Si llegaste el año pasado, de aquí en adelante nada debería cambiar. Así que la pregunta de si pavimentar fue bueno o malo no tiene una respuesta limpia. Fue las dos cosas, y quien te diga otra cosa llegó en un momento conveniente.
Empecemos por lo que el pavimento reemplazó, porque quien haya vivido aquí todo el año lo puede confirmar. En temporada de lluvias el camino era un desastre peligroso y lodoso. Algunos tramos, sobre todo hacia Majahua, eran intransitables, con lodo tan profundo que se tragaba las llantas enteras y dejaba a los carros esperando una grúa. Los arroyos bajaban de las montañas y cruzaban el camino como pequeños ríos. En un momento dado se juntó tanta agua junto al camino que un cocodrilo se instaló ahí. La loma después de Mi Jardín rumbo a la Bahía Manzanillo estaba tan llena de agua subterránea que un camión cervecero se hundió hasta los ejes en medio del camino y se quedó ahí tres o cuatro días, bloqueando a todos. Fuera lo que fuera, no era una cadena de suministro.
Luego llegaba la temporada de secas y el lodo se volvía polvo. No polvo de casa. Polvo de cuatro o cinco pulgadas de profundidad, polvo que se levantaba en una nube asfixiante detrás de cada vehículo y se asentaba sobre el carro de atrás, sobre las casas, sobre todo lo que estuviera al alcance de la respiración. Y si por casualidad llovía en plena temporada de secas, todo ese polvo se convertía al instante en grasa. El argumento a favor del pavimento era sencillo: un camino que podías usar todo el año, más seguro, sin lodo ni polvo, y con un drenaje que de verdad drenara.
El argumento en contra es igual de real. Algunos te dirán que pavimentar arruinó el ambiente, que Troncones se convirtió en otra cosa en cuanto bajó el asfalto. Abrió la puerta al desarrollo y cambió cómo se ve y cómo se siente el pueblo. Para algunos marcó el inicio de una larga decadencia hacia lo que Troncones es hoy: mucho más construido de lo que estaba hace quince o veinte años. También está el mantenimiento, o su ausencia. El pavimento necesita cuidados que no siempre recibe, y algunos baches han alcanzado un tamaño que merece nombre propio.

Y luego está la velocidad. Las motos son las peores, y recorren este camino a velocidades que serían imprudentes en cualquier parte. Tenemos tantos topes que ya son un chiste recurrente del pueblo, y aun así la gente vuela. Los topes los quitan misteriosamente, se desgastan y nunca los reponen, y todo mundo se queja de ellos. Pero aquí va la verdad incómoda: si los topes te molestan, vas demasiado rápido. A los treinta o cuarenta kilómetros por hora que marca el letrero, casi ni los sientes. Existen porque muchísima gente no va a manejar con sensatez si no la obligan físicamente. El precio de esa velocidad lo paga lo que esté en el camino. Perros y gatos mueren atropellados. La fauna muere atropellada. En un camino de terracería, nada se movía lo bastante rápido como para alcanzarlos.
Entonces, ¿pavimentaron el paraíso? Ya nadie se ahoga en el polvo, y nadie espera tres días detrás de un camión cervecero. La ambulancia pasa. También perdimos algo más lento y más callado que no vamos a recuperar. El paraíso, resulta, era sobre todo lodo. Las iguanas todavía tendrían algo que decir al respecto.


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